Inflamación aguda, inflamación crónica e inflamación de bajo grado.

Inflamación aguda, crónica y de bajo grado

La inflamación puede ser aguda o crónica en función de la naturaleza del estímulo y de la eficacia de la reacción inicial para eliminar el estímulo o los tejidos lesionados.

Tanto la intensidad y naturaleza de la lesión como la localización y el tejido afectado y la capacidad de respuesta del anfitrión pueden modificar el proceso básico de la inflamación.

Así, la inflamación aguda puede resolverse completamente tras neutralizar y eliminar el estímulo lesivo; puede ocasionar la cicatrización y sustitución del tejido habitual por tejido conjuntivo (fibroso, cicatricial) o puede progresar a inflamación crónica cuando no se consigue resolver la respuesta inflamatoria aguda (figura 1).

 

Figura 1. Evolución posible de la inflamación aguda: resolución, cicatrización, inflamación crónica.

 

Por otro lado, enfermedades crónicas como la diabetes mellitus tipo 2, la arterosclerosis, la enfermedad inflamatoria crónica del intestino, las enfermedades cardiovasculares, entre otras, tienen un componente inflamatorio importante, de bajo grado, cuya responsabilidad en la patogénesis de estas no se conoce con exactitud.

Las características principales de la inflamación aguda, crónica y de bajo grado se resumen en la tabla 1.

 Tabla 1. Características principales de la inflamación aguda, crónica y de bajo grado.

 

Curso clínico de la inflamación aguda, inflamación crónica e inflamación subaguda. 

Los síntomas característicos de la inflamación aguda son: eritema, calor, edema, dolor y pérdida funcional. El eritema y el calor se producen como consecuencia de la vasodilatación e incremento de la permeabilidad vascular. El edema es causado por el aumento del volumen y la movilización celular hacia el foco inflamatorio. Y el dolor se debe a la presión ejercida sobre las terminaciones nerviosas de la zona afectada. La pérdida funcional se produce como consecuencia de un dolor que limita la movilidad de la zona inflamada. A nivel articular, por ejemplo, la inflamación va acompañada de rigidez de la articulación y pérdida de la funcionalidad articular.

Durante la inflamación aguda se producen señales de peligro con producción de citoquinas u otras quimioquinas  que van a activar tanto al fibroblasto como al macrófago, para que éstos produzcan una serie de citoquinas y quimioquinas proinflamatorias. Estas señales de peligro van a activar también a células dendríticas inmaduras, que migrarán hacia los linfonodos regionales para iniciar una respuesta inmune adaptativa. El paso de una respuesta inmune innata o inespecífica a una de tipo adaptativa es crucial en el proceso de inflamación crónica. De acuerdo con lo que se muestra en la figura 2, los linfocitos, macrófagos y fibroblastos infiltran el tejido y persisten en él por mucho tiempo, prolongando el proceso inflamatorio.

Se denomina inflamación crónica a la que presenta un curso prolongado, de semanas a meses, con signos de inflamación aguda, destrucción tisular y reparación. Su inicio puede ser solapado y asintomático. Desde el punto de vista microscópico, se caracteriza por infiltración de células mononucleares (linfocitos y macrófagos), evidencias de destrucción tisular provocada por estas células e intentos de reparación, mediante angiogénesis y fibrosis. El macrófago tisular es la célula dominante en la inflamación crónica. Durante las primeras 48 horas que siguen al daño tisular, el monocito migra hacia el espacio extravascular, donde se diferencia a macrófago tisular y se localiza en el foco inflamatorio, adoptando distintos nombres según el tejido en cual se sitúe. En la inflamación crónica, la acumulación de macrófagos persiste por distintos mecanismos, entre ellos, reclutamiento continuo desde la circulación y proliferación local de los macrófagos que tendrían una sobrevida prolongada en el foco inflamatorio. Los fibroblastos jugarían un rol importante en el mantenimiento de estos fenómenos. En la figura 2 se ilustra la diferencia que hay entre inflamación aguda y crónica en cuanto a la renovación del pool celular leucocitario.

El balance dinámico de la acumulación celular, en cualquier tejido, depende del balance entre reclutamiento celular, división, migración y muerte. En la inflamación aguda normal esta homeostasis se mantiene, permitiendo la resolución de la inflamación, mientras que en la inflamación crónica se produce una acumulación inapropiada de leucocitos, especialmente de macrófagos, debido a una producción también inapropiada de elementos que favorecen la retención y la supervivencia, por parte de los fibroblastos. Así, estas células aumentan la producción de interferón beta, que inhibe la muerte celular, prolongando la sobrevida de linfocitos y macrófagos y producen SDF-1 (stromal cell-derived factor-1), que inhibe la migración de los leucocitos.

Figura 2. El fibroblasto prolonga la sobrevida de linfocitos y macrófagos e inhibe la migración leucocitaria en la inflamación crónica .

 

Durante la inflamación crónica los macrófagos eliminan al agente que está causando el daño y dan inicio a la reparación, pero al mismo tiempo son responsables de gran parte de la lesión tisular circundante. Una vez que son activados por los diversos mediadores de la inflamación, los macrófagos producen daño tisular a través de cuatro mecanismos principales: producción de especies reactivas de oxígeno (ROS), inducción de síntesis de metaloproteasas, activación de factores de coagulación y por último, producción de metabolitos de NO y ácido araquidónico. Por otro lado, en el foco inflamatorio crónico los macrófagos participan en la génesis de fibrosis, a través de la producción de factores de crecimiento involucrados en la proliferación de fibroblastos (PDGF, TGFb, FGF), producción de factores angiogénicos (FGF, VEGF) y estimulando el depósito de colágeno a través de IL-13 y TGFb .

Por otra parte, la inflamación de bajo grado es especialmente significativa en personas obesas. En la actualidad la obesidad es considerada una enfermedad crónica, multifactorial, resultado de la interacción entre carga genética y ambiente que afecta a un gran porcentaje de la población de todas las edades, sexos y condiciones sociales. Se define como una acumulación anormal o excesiva de tejido adiposo que puede ser perjudicial para la salud (>25% en hombres y >33% en mujeres). El tejido adiposo es un tejido endocrino complejo metabólicamente muy activo entre cuyas funciones destacan:

I) el mantenimiento del balance energético

II) la termorregulación

III) el metabolismo de lípidos y glucosa

IV) la modulación de la función hormonal y reproductiva

V) la regulación de la presión arterial

VI) Regulaciónde la coagulación sanguínea.

 

Además, el tejido adiposo desempeña un papel fundamental sobre las cascadas inflamatorias, procoagulantes, antifibrinolíticas y vasoactivas, lo que sugiere una influencia directa sobre el proceso inflamatorio. Concretamente, en condiciones de obesidad se ha demostrado que en aproximadamente un 70- 80% de los individuos se produce un remodelado del tejido adiposo (“adipose tissue remodeling”) tanto a nivel estructural como funcional que provoca una reacción inflamatoria que, si no se resuelve correctamente, desencadena un estado inflamatorio crónico de bajo grado con repercusion sistémica conocida como lipoinflamación (“metabolic-trigged inflammation”, “metainflammation”, o “adipose tissue inflammation”). De este modo, la inflamación crónica de bajo grado ha surgido como unos de los mecanismos fisiológicos clave que relaciona la obesidad con la resistencia a la insulina y la DM 2, además de estar íntimamente asociada con el desarrollo de otras patologías graves como la esteatohepatitis no alcohólica y las enfermedades cardiovasculares.

Otras patologías muy prevalentes entre la población general tales como la enfermedad inflamatoria intestinal, el asma, la artritis reumatoide y la enfermedad periodontal están también asociadas a un estado de inflamación crónico de bajo grado.

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*Bibliografia y Referencias.